Hoy 9 de septiembre de 2026, se cumplen dos años de su muerte. Pero su sonrisa, su guitarra y su voz en seis idiomas siguen viajando por el mundo sin pedir permiso.
Hay artistas que pertenecen a un país y hay artistas que pertenecen a todos. Caterina Valente fue de esas últimas: italiana de sangre, parisina de nacimiento, ciudadana del mundo por derecho propio y sobre todo, una de las voces más versátiles y fascinantes del siglo XX.
Cantó en seis idiomas, tocó la guitarra como los ángeles, bailó con una elegancia natural y conquistó audiencias en Europa, América y Asia sin perder nunca esa chispa que la hacía única.
El 9 de septiembre de 2024, Caterina Valente cerró los ojos para siempre en Suiza, a los 93 años. Pero su legado, ese torrente de alegría y talento que derrochó durante siete décadas, sigue más vivo que nunca. Dos años después, su música continúa sonando en las radios, en las películas y en los corazones de quienes tuvieron la suerte de verla sobre un escenario.
Nacida entre acordeones y maletas
Caterina Valente nació en París en 1931 pero su sangre era italiana y su alma, nómada. Sus padres, Giuseppe Valente y Maria Nardini, eran artistas de variedades: él, acordeonista; ella, cantante. La infancia de Caterina transcurrió entre bambalinas, hoteles de carretera y funciones en pequeños teatros. No había colegio fijo ni amigos estables. Había música, y eso era suficiente.
A los 11 años ya subía al escenario con sus hermanos, formando el trío Valente Family. No era una niña prodigio: era una niña que había mamado el oficio desde la cuna. Aprendió a tocar la guitarra casi antes que a hablar, y su oído para los idiomas era tan natural como su oído para la música.
Cuando la Segunda Guerra Mundial estalló, la familia se refugió en Italia. Allí, Caterina siguió cantando, pero también aprendió a sobrevivir en un mundo que se desmoronaba. Esa experiencia, dura y temprana, forjó en ella una fortaleza silenciosa que luego se traduciría en una carrera imparable.
El salto a la fama: de París a Nueva York
Tras la guerra, la familia Valente regresó a París. Caterina ya era una adolescente con una voz prodigiosa y una presencia escénica innata. Pronto empezó a actuar en solitario, y su nombre comenzó a sonar en los círculos del music-hall francés.
El gran salto llegó en 1953, cuando fue descubierta por el productor alemán Kurt Feltz. Él la invitó a grabar en Alemania, y Caterina, que ya hablaba alemán con fluidez, aceptó. Allí grabó sus primeros grandes éxitos, como Ganz Paris träumt von der Liebe, que la convirtieron en una estrella en el país germano.
Pero ella no se conformó con un solo mercado. En 1955, cruzó el Atlántico y conquistó Estados Unidos con su participación en el programa de televisión de Perry Como. Era la primera vez que un artista europeo lograba tal impacto en la televisión estadounidense. Y lo hizo con una naturalidad pasmosa: cantaba, tocaba la guitarra, bailaba y, entre canción y canción, charlaba como si estuviera en el salón de su casa.
Su versión de Malagueña y su Bongo Cha Cha Cha se convirtieron en himnos de una época. Caterina Valente no era solo una cantante: era un espectáculo completo.
Seis idiomas, un solo corazón
Lo que hacía única a Caterina Valente no era solo su voz, clara y cálida, sino su capacidad para cantar en inglés, francés, alemán, italiano, español y portugués. Y no lo hacía con acento: lo hacía con la entonación justa, con el sentimiento exacto, como si cada canción fuera su lengua materna.
Esta habilidad no era un truco. Era fruto de su educación nómada, de su oído privilegiado y de un respeto profundo por cada cultura que la acogía. No se limitaba a traducir canciones: las habitaba. Por eso, en Alemania era alemana, en Francia era francesa, en Italia era italiana y en España, también.
En nuestro país, su nombre quedó grabado gracias a su colaboración con el maestro Juan Carlos Calderón, uno de los grandes compositores y productores españoles. Juntos grabaron discos inolvidables, como En español (1971), donde Caterina versionaba clásicos hispanos con una delicadeza y un swing que la convirtieron en una de las voces más queridas de la música ligera española.
La guitarra y el duende
Caterina Valente no era solo una cantante. Era, ante todo, una instrumentista excepcional. Su guitarra, una Gibson acústica que la acompañó durante toda su vida, era su extensión natural. Tocaba con una técnica depurada y un ritmo contagioso, pero también con una sensibilidad que convertía cada acorde en un susurro.
Su estilo mezclaba el jazz, la bossa nova, el chachachá, el pop y el flamenco. No le importaban las etiquetas. Para ella, la música era un lenguaje único, y ella lo hablaba con una fluidez que desarmaba a puristas y entusiasmaba a públicos de todas las edades.
En sus conciertos, era común verla alternar una canción íntima con un número de baile trepidante, todo ello sin perder la sonrisa. Tenía una energía contagiosa, y su presencia escénica era tan natural que parecía estar improvisando, aunque todo estuviera milimétricamente ensayado.
La mujer detrás del mito
Detrás de la estrella internacional, Caterina Valente fue una mujer de una humanidad conmovedora. Se casó dos veces: primero con el músico suizo Erik van Aro, con quien tuvo a su hijo Eric, que también sería músico; luego con el productor alemán Roy Etzel. Pero siempre mantuvo una independencia feroz y un carácter amable pero firme.
A diferencia de muchas divas de su época, Caterina nunca fue una figura conflictiva. Los técnicos de sonido la adoraban, los músicos la respetaban y el público la quería con una devoción casi familiar. No había pose en ella. Había oficio. Y eso, en el mundo del espectáculo, es más valioso que cualquier capricho.
En los años 80, comenzó a retirarse de los escenarios, aunque nunca del todo. De vez en cuando, aparecía en algún especial de televisión o grababa un disco ocasional, siempre con la misma excelencia de siempre. Su última aparición pública importante fue en 2019, en Suiza, donde una orquesta le rindió homenaje. Ella, con 88 años, aún sonreía.
Una estrella sin egos
Si hay algo que define a Caterina Valente, es su falta de ego. Nunca se tomó demasiado en serio, pero se tomó su arte con una devoción absoluta. No necesitaba escándalos para ser noticia. Le bastaba con su música.
En una industria dominada por grandes personalidades, ella era un oasis de luz. Recibió numerosos premios, pero nunca los exhibió. Conocía a todo el mundo, pero nunca presumió de ello. Su grandeza era silenciosa, como la de esos artistas que saben que su legado no está en los titulares, sino en las canciones.
Caterina y España: un amor para siempre
Su relación con España no fue una anécdota. Caterina Valente amaba nuestro país y nuestro público lo notaba. Grabó discos completos en español, cantó a nuestros poetas y se empapó de nuestro ritmo con una naturalidad que desarmaba.
Fue una de las primeras artistas internacionales en versionar a compositores españoles en grandes producciones. Su trabajo con Juan Carlos Calderón no fue un mero encargo: fue una colaboración artística de altísimo nivel, que dio lugar a temas como Tú me acostumbraste o No me platiques más, que aún hoy se recuerdan con cariño.
Incluso en sus últimos años, cuando ya apenas concedía entrevistas, hablaba de España con una sonrisa cómplice. “El público español tiene un calor especial”, decía. Y era verdad.
El 9 de septiembre de 2024
Caterina Valente falleció en Suiza, donde residía desde hacía décadas, rodeada de su familia y de la tranquilidad que había sabido ganarse. Tenía 93 años y una carrera que abarcaba más de 70 años de música.
Su muerte fue noticia en todo el mundo, pero no como un drama. Como el final de una era, el cierre de un capítulo dorado de la música ligera. Las cadenas de televisión recordaron sus actuaciones, las radios repusieron sus discos y las redes sociales se llenaron de vídeos de sus actuaciones. No era un adiós: era un reencuentro con su legado.
Dos años después
Hoy, 9 de septiembre de 2026, se cumplen dos años de su partida. Pero su voz sigue sonando en todas partes. En las playas de Río de Janeiro, en los bares de París, en las radios de Madrid, en los hogares de Berlín. Su Bongo Cha Cha Cha sigue siendo un clásico del verano, sus baladas siguen emocionando a quienes las escuchan por primera vez, y su guitarra sigue vibrando en cada rincón donde alguien decida poner un disco suyo.
Caterina Valente fue más que una cantante: fue una embajadora de la alegría, una mujer que demostró que la música no entiende de fronteras y que el talento, cuando es genuino, trasciende cualquier idioma.
Descansa, Caterina. El mundo sigue cantando tus canciones.
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