Hoy 9 de septiembre, se cumplen 24 años de su muerte y el calendario, caprichoso, nos recuerda que hay nombres que nunca deberían caer en el olvido.
Hay músicos que ocupan portadas. Y hay músicos que ocupan los cimientos. Antonio Humanes fue de estos últimos: un compositor, productor y cantaor madrileño cuya mano aparece en cientos de canciones que marcaron el flamenco popular de las últimas décadas del siglo XX.
Sin estridencias, sin poses, sin buscar el foco. Pero estuvo ahí, en los créditos de Camarón, en los estudios con Los Chichos, en las giras de Remedios Amaya, en los arreglos de Ketama y en la voz de Niña Pastori.
Su nombre no es el más conocido. Pero su legado, con más de 340 obras registradas en la SGAE, es inmenso. Y hoy, en el aniversario de su partida, merece que lo pronunciemos en voz alta.
De Madrid al duende
Nació en Madrid en 1949, en una ciudad que entonces aún olía a chamizo y a tabaco. Allí aprendió los primeros compases del flamenco, no en las academias, sino en el ambiente de las peñas y los bares de lavapiés. Pronto comenzó a cantar y en 1975 formó parte de Los de la Caña, un grupo que le sirvió de bautizo escénico.
Pero Humanes no se conformó con ser intérprete. Pronto descubrió que su verdadero don era construir canciones para otros. Entendía el flamenco desde dentro, pero también sabía que podía dialogar con la rumba, con el pop, con la canción popular. Esa versatilidad le abrió las puertas de un mundo que, en los años 80, estaba empezando a revolucionarse.
En 1981 participó en Chachipén, un proyecto que publicó el álbum Tú eres mi alegría y que ya apuntaba hacia esa fusión entre tradición y modernidad que luego explotaría con fuerza. No era un purista. Era un artesano del sonido, capaz de tejer puentes entre generaciones y estilos.
El compositor que lo escribió todo
Cuando uno se asoma al catálogo de Antonio Humanes, siente vértigo. Más de 300 canciones, repartidas entre decenas de artistas. Su firma aparece en discos de Los Chichos, Soledad Bravo, Juan Luis Guerra, Tijeritas, Remedios Amaya, El Fary y por supuesto, Camarón de la Isla.
Pero no fue un autor de encargo. Cada canción llevaba su sello: melodías que sabían a calle, letras que hablaban de amores rotos, de libertad, de sueños humildes. En los fondos de la Biblioteca Nacional se conservan partituras suyas con títulos como Perdóname, Oh marinero, Dame tu calor o El amor que se va. Canciones que, aunque no siempre encabezaban las listas, llenaron las radios y las verbenas de toda España.
Humanes fue, ante todo, un constructor de emociones populares. No buscaba la crítica exquisita; buscaba que su música llegara al mayor número posible de corazones. Y lo consiguió.
Camarón y el encuentro que lo cambió todo
Si hay un nombre que brilla con luz propia en la trayectoria de Humanes, ese es Camarón de la Isla. Su colaboración no fue anecdótica: fue profunda y fructífera. Humanes no solo compuso para él, sino que también fue su productor y corista en momentos clave.
El hito más conocido llega en 1986, con el álbum Te lo dice Camarón, donde Humanes comparte créditos con José Monge. La canción homónima se ha convertido en un clásico, y la colaboración se extendió a otros temas como Mi sangre grita, Nuestros sueños o Tres luceros. Humanes estaba allí, en el estudio, cuidando cada matiz de la voz más inconfundible del flamenco.
Pero el vínculo no terminó ahí. En 1992, ambos volvieron a encontrarse en Potro de rabia y miel, el último gran disco de Camarón antes de su muerte. La canción que da título al álbum lleva la firma de Humanes junto a la del genio de la Isla. Fue un trabajo casi póstumo, una despedida en forma de arte.
Humanes no era un invitado de lujo. Era un socio creativo, alguien que entendía el universo de Camarón y sabía cómo expandirlo sin traicionarlo. Por eso su nombre aparece en los archivos de la Junta de Andalucía como parte del círculo íntimo que rodeó al cantaor en sus últimos años.
El productor que supo ver el futuro
Humanes también fue productor, y en esa faceta demostró una visión adelantada a su tiempo. Supo ver que el flamenco necesitaba abrirse a nuevos públicos, y para ello trabajó con artistas que estaban redefiniendo los límites del género.
Los Chichos, El Fary, Tijeritas o Remedios Amaya encontraron en él un aliado para construir un sonido más urbano, más accesible, pero sin perder el alma. El periodista Jesús Ruiz Mantilla lo definió en EL PAÍS como “uno de los artífices de los éxitos de Los Chichos, El Fary, Remedios Amaya y Tijeritas”. No es poca cosa.
En los 90, Humanes también produjo y grabó sus propios discos. Bajo el seudónimo de Romaní publicó Me pucabaron (1991), y en 1995 lanzó La escuela de la vida, un álbum que revela su lado más personal. Canciones como Buscando mi libertad, Quisiera ser feliz o Contigo bajo la luna muestran a un artista íntimo, que canta sobre lo que conoce: el amor, la lucha, los sueños cotidianos.
Ese disco es quizá la mejor puerta de entrada a su universo. Porque aquí Humanes no es el compositor de otros; es el hombre que se desnuda ante el micrófono.
Un homenaje a la altura de su legado
Cuando Antonio Humanes falleció el 9 de septiembre de 2002, a los 53 años, el mundo del flamenco perdió a uno de sus grandes arquitectos anónimos. Pero no lo olvidó.
En marzo de 2003, la sala Divino Aqualung de Madrid acogió un homenaje multitudinario. Subieron al escenario Ketama, Niña Pastori, Tomatito, Antonio Carbonell, Parrita, La Barbería del Sur, José El Francés, Ramón El Portugués, Montoyita y Pepe Luis Carmona, entre otros. Fueron 16 actuaciones, una tras otra, para recordar al hombre que les había dado canciones y complicidad.
No era un concierto cualquiera. Era un acto de justicia. Los beneficios fueron para su viuda, pero el verdadero regalo fue musical: aquella noche, el flamenco se unió para decir que Humanes no era un secundario, sino un pilar.
Descansa, maestro. Tu música no ha cerrado los ojos.
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