Hoy 9 de septiembre de 2026, se cumplen once años de su muerte. Y en los barrios de Tarragona, su nombre sigue sonando como el primer día.
Hay músicos que llenan estadios y hay músicos que llenan el alma de una ciudad. Ramiro Beá fue de estos últimos: bajista de Números Rojos, hijo de Tarragona, hombre de pocas palabras y muchas notas.

No buscó la fama ni las portadas. Buscó el compás exacto, la complicidad con sus compañeros, la carretera, los ensayos hasta el amanecer y esa sensación única de que el rock, cuando se hace de verdad, se convierte en una forma de vida.
El 9 de septiembre de 2015, un infarto lo arrancó de este mundo con solo 50 años, pero Tarragona no lo dejó ir. Once años después, su bajo sigue vibrando en cada acorde de Tiempo Muerto, en cada edición del festival que lleva su nombre, en cada vecino del barrio de Parc Riuclar que aún recuerda sus canciones.
De los garajes al escenario
Ramiro Beá nació en Tarragona en 1965, en una ciudad que entonces empezaba a despertar al rock. Creció en los barrios, entre locales de ensayo y guitarras prestadas, y pronto supo que su lugar estaba al lado de un amplificador.
Antes de llegar a Números Rojos, pasó por Palos de Ciego y Carcamal, bandas de esas que se forman en los garajes, con más ilusión que presupuesto. Allí aprendió que el rock no se mide en discos de oro, sino en kilómetros recorridos, en amigos hechos y en la energía de un concierto en una sala pequeña.
Era un músico discreto, de los que no necesitan el foco. Pero cuando se subía al escenario y su bajo empezaba a sonar, todo el mundo sabía que estaba ahí.
Números Rojos: el sueño hecho carretera
En 1995, Ramiro entró en Números Rojos, la banda que marcaría su vida. No era un fichaje cualquiera: era el sueño de un admirador que se convertía en compañero. Sus nuevos colegas lo recibieron con los brazos abiertos, no porque fuera el mejor bajista del mundo, sino porque era una gran persona y existía una magnífica sintonía entre todos.
La banda ya venía de lejos. Había sido elegida grupo revelación de 1990 por la revista Heavy Rock, había compartido gira con los Ramones y había teloneado a Iron Maiden. Pero con Ramiro llegó un nuevo aire, una complicidad que se notaba en cada ensayo y en cada concierto.
Tiempo Muerto: el disco que lo inmortalizó
En 1997 llegó ** Tiempo Muerto **, el tercer y último disco de estudio de Números Rojos. Autogestionado, editado por Soviet Records y distribuido con más esfuerzo que dinero, el álbum reflejaba la evolución de una banda que se negaba a encasillarse.
Allí quedó grabado el bajo de Ramiro. Canciones como «Horas lentas», «Vagabundo» o «A toda hostia» llevan su sello, su manera de entender el ritmo, su forma de sostener la canción sin estridencias pero con una solidez imparable.
Décadas después, cuando sus compañeros volvieron a tocarlas en su homenaje, no necesitaron inventar nada nuevo. La memoria ya estaba dentro de esas canciones.
El día que el rock se detuvo
El 9 de septiembre de 2015, Ramiro estaba trabajando en BIC Iberia, como cualquier otro día. Nada hacía presagiar que aquella jornada sería la última. Sufrió un infarto mientras cumplía con su rutina. Y de repente, sin aviso, el bajo se calló.
La noticia golpeó a sus compañeros con una dureza imposible de describir. «La pérdida de Ramiro fue una hostia tremenda. No le tocaba», recordaban años después. Tenía 50 años. Demasiado joven. Demasiada música aún por hacer.
Pero el rock, como la vida, tiene sus propias reglas. Y Tarragona no estaba dispuesta a dejar que su nombre se apagara.
Dos años después, Tarragona volvió a tocar por él
En octubre de 2017, la Capsa de Música de Tarragona se llenó hasta la bandera. Casi 480 personas, muchas más de las previstas, acudieron al homenaje a Ramiro Beá.
Subieron al escenario Números Rojos pero también Kandi, Varones, 2UT, El Toubab y Zink. Músicos de su ciudad, de su generación, de su barrio. Todos juntos para recordar al bajista que había sido amigo, compañero y vecino.
Uno de los momentos más emotivos llegó con «Horas lentas», interpretada en versión acústica por El Toubab.
La canción sonó distinta, más íntima, como si cada nota llevara el peso de la ausencia y cuando Números Rojos volvió a tocarla, el público la convirtió en un himno. No hacían falta discursos. Bastaba con tocar.
Ramirock: cuando un nombre se convierte en festival
El homenaje no fue un adiós. Fue un principio.
En 2018, el festival de rock del barrio de Parc Riuclar pasó a llamarse Ramirock. La primera edición reunió a cinco bandas locales. La segunda, en 2019, sumó más grupos, más público, más energía.
La idea era tan sencilla como hermosa: que el nombre de Ramiro no fuera solo una fecha en el calendario, sino un escenario donde otros músicos pudieran tocar. Porque quizá no haya mejor homenaje para un artista que ayudar a que otros artistas sigan creando.
Un legado que no se mide en cifras
La historia de Ramiro Beá no es la de una estrella. Es la de uno de los nuestros: el bajista que ensayaba en los garajes, el vecino que jugaba al fútbol en el Club Icomar, el amigo que siempre estaba cuando se le necesitaba.
No acumuló millones de reproducciones, no salió en la portada de las revistas. Pero su ciudad lo recuerda. Sus compañeros lo siguen nombrando. Y su bajo, grabado en Tiempo Muerto, sigue sonando en las casas, en los bares, en los festivales.
Porque el rock, al fin y al cabo, no se mide en cifras. Se mide en huellas y Ramiro dejó las suyas bien profundas.
Descansa, Ramiro. Tu música no ha dejado de sonar.
Descubre más desde Estreno Musical
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.