ISA CRUZ septiembre 10, 2026
Hoy 9 de septiembre de 2026, se cumplen veintisiete años de su muerte. Pero cada vez que una voz se eleva sin forzar, sin impostar, sin traicionar la partitura, Alfredo Kraus sigue presente. Porque él no cantaba para impresionar: cantaba para ser verdad. Hay tenores que llenan teatros y hay tenores que llenan silencios. Alfredo Kraus perteneció a esta segunda estirpe: la de los artistas que no necesitan gritar para ser escuchados, que no precisan adornos para emocionar, que confían en la técnica y en la inteligencia como únicas herramientas del canto. Fue según los críticos de su tiempo, el último belcantista, el heredero de una tradición que él llevó a su máxima expresión: la de cantar exactamente lo que el compositor escribió, sin rebajar tonos, sin atajos, sin engaños. Su muerte, el 10 de septiembre de 1999, cerró una época dorada de la ópera en España. Pero su legado, esa voz clara y cristalina que nunca se doblegó al paso del tiempo, sigue sonando en cada grabación, en cada recuerdo, en cada joven tenor que aprende de su ejemplo. De Las Palmas al mundo Alfredo Kraus Trujillo nació en Las Palmas de Gran Canaria el 24 de noviembre de 1927, en el histórico barrio de Vegueta, en una casa que hoy pertenece a la Casa de Colón. Hijo de madre española y padre austríaco, heredó de ella los ojos azules y el pelo rubio; de él, la confianza en sí mismo y una habilidad innata para los negocios. Estudió ingeniería técnica industrial, compaginándola con el piano y el canto. No fue un niño prodigio ni un vocacional precoz: tuvo dudas sobre su valía, sobre su vocación. Fue durante el servicio militar cuando un suboficial, docente de conservatorio, lo animó de forma decisiva a dedicarse a la música. Aquella decisión cambiaría la historia del canto lírico español. Se formó en Barcelona con la maestra Galli Markoff, en Valencia con Francisco Andrés y, finalmente, en el Conservatorio de Milán con Mercedes Llopart, la pedagoga que le transmitió los secretos de una técnica que recordaba a los cantantes del siglo XVIII. Debutó en 1956 en la Real Ópera de El Cairo con el Duque de Mantua de Rigoletto, papel que mantuvo en su repertorio hasta el final de su carrera. La técnica como religión Lo que distinguía a Kraus no era el volumen ni la potencia: era la pureza. Su filosofía del canto se basaba en “el más absoluto dominio de la voz, la técnica y el estilo”, y en una sabia elección del repertorio que le permitió alcanzar una longevidad vocal sin parangón en la historia del género. Mientras otros compañeros rebajaban los tonos para adaptarse a sus limitaciones, él siempre cantó las óperas en el tono original, respetando la voluntad del compositor. Su dicción era irreprochable, de los pocos que pronunciaba nítidamente las vocales. Su técnica respiratoria, prodigiosa, le permitía dosificar la intensidad de la voz a placer. La proyección del sonido era “directa y fulminante como una flecha”, atravesando al oyente con un timbre brillante que no siempre captaban los micrófonos. Nunca aceptó los trucos de la ingeniería sonora. Partidario de las grabaciones en vivo, jamás se atrevió a engañar al público ni en el escenario ni en el estudio. Por eso su discografía, que incluye 28 óperas, 13 zarzuelas y más de 20 recitales, es una “inimitable antología del canto que recoge, sin mentiras, la verdad de su arte”. Werther y el arte de habitar el abismo Su personaje más emblemático fue Werther, el protagonista de la ópera homónima de Massenet. Un papel de enorme complejidad psicológica,...
