ISA CRUZ septiembre 20, 2026
Hoy, 20 de septiembre de 2026, se cumplen 118 años de su muerte. Y en cada nota de Zigeunerweisen, en cada frase de la Fantasía de Carmen, en cada joven violinista que sueña con hacer cantar a las cuatro cuerdas, Pablo de Sarasate sigue vivo. Porque él no fue solo un virtuoso: fue el hombre que le enseñó a Europa que España no solo tenía duende, también tenía técnica. Y la tenía mejor que nadie. Hay artistas que dominan su instrumento. Y hay artistas que reescriben lo que ese instrumento puede hacer. Pablo Martín Melitón de Sarasate y Navascués perteneció a esta segunda estirpe. Fue el violinista más admirado de la segunda mitad del siglo XIX, un niño prodigio que a los ocho años ya daba conciertos y que a los trece ganaba el primer premio del Conservatorio de París. Pero su grandeza no se medía solo en premios: se medía en la capacidad de hacer que un instrumento de madera y tripa sonara como una voz humana, como un lamento gitano, como un zapateado andaluz. Pablo de Sarasate murió en su residencia Villa Navarra de Biarritz el 20 de septiembre de 1908, a los 64 años. La noticia recorrió el mundo en pocas horas. Ramiro de Maeztu escribió desde Londres: *”Todos los periódicos de Londres consagran hoy una columna entera a Pablo Sarasate. De ningún otro español contemporáneo escribirían otro tanto el día de su muerte. Era el más alto prestigio español fuera de las fronteras”*. Ciento dieciocho años después, esa afirmación sigue siendo cierta. De Pamplona a París: el niño que aprendió a leer en el pentagrama Pablo de Sarasate nació en Pamplona el 10 de marzo de 1844, en la calle de San Nicolás, hijo de un músico militar, director de la banda del Regimiento de Aragón. Fue bautizado como Martín Melitón, y usó ese nombre hasta que consolidó su carrera como virtuoso, momento en el que adoptó el de Pablo. Su padre lo describió mejor que nadie: “Conoció los signos musicales antes que las letras del alfabeto, y por tanto aprendió a leer antes en el pentagrama que en los libros”. No era una exageración. A los siete años ya tomaba lecciones de violín en La Coruña, y a los diez dio su primer concierto público, al que asistió la viuda del general Espoz y Mina, quien se ofreció a costearle profesores y le habilitó una pensión anual. En Madrid estudió con Manuel Rodríguez, discípulo de Armingaud, y actuó ante la reina Isabel II, que quedó tan impresionada que le concedió una pensión para estudiar en París. A los doce años ingresó en el Conservatorio de París, donde estudió con Jean-Delphin Alard. En 1857, con trece años, ganó el primer premio de violín del Conservatorio, y en 1859 repitió el logro. Era, en palabras de la musicóloga María Nagore Ferrer, “un niño prodigio en una época en la que la precocidad musical estaba de moda”. El violinista que hizo cantar a las cuerdas Lo que distinguía a Sarasate de otros virtuosos de su tiempo no era solo su técnica, impecable, sino su sonido. Los críticos hablaban de “la pureza y dulzura de su tono” y de una “técnica impecable”. Su arco no atacaba las cuerdas: las acariciaba, las hacía hablar. Era, en palabras de sus contemporáneos, un heredero espiritual de Paganini, pero con una elegancia y un refinamiento que el genovés nunca tuvo. No era un intérprete de masas que buscara el espectáculo vacío. Era un artista aristocrático, que vestía con una elegancia impecable y se movía por el escenario con una naturalidad que desarmaba....
