ISA CRUZ septiembre 11, 2026
Hoy, 11 de septiembre de 2026, se cumplen doscientos noventa y tres años de su muerte. Y en cada suite francesa, en cada preludio quebrado, en cada ornamento que parece suspiro, François Couperin sigue vivo. Porque él no fue solo un compositor: fue el hombre que enseñó a un instrumento de tecla a respirar como una voz humana. Hay artistas que pertenecen a su época y hay artistas que inventan la época a la que pertenecen. François Couperin, conocido como Couperin le Grand para distinguirlo de la larga dinastía de músicos que llevaban su apellido, perteneció a esta segunda estirpe. Fue organista de reyes y clavecinista de cámara, pero sobre todo fue un arquitecto del gusto. Su obra no se limitó a embellecer la música francesa: la redefinió, la elevó a un nivel de refinamiento que nadie había alcanzado antes y que muy pocos alcanzarían después. Couperin murió en París el 11 de septiembre de 1733, a los 64 años, dejando tras de sí una obra inmensa: más de 240 piezas para clave, cuatro libros de ordres (sus suites características), sonatas en trío, conciertos reales, motetes y uno de los tratados pedagógicos más influyentes de la historia de la música. Doscientos noventa y tres años después, su nombre sigue siendo sinónimo de elegancia, de precisión y de una sensibilidad que trasciende el tiempo. De una dinastía de músicos al órgano de San Gervasio François Couperin nació en París el 10 de noviembre de 1668, en el seno de una de las familias musicales más importantes de Francia. Los Couperin llevaban generaciones sirviendo a la música: desde el siglo XVI hasta mediados del XIX, apenas hubo una época en la que un Couperin no estuviera vinculado a un órgano, a una corte o a un conservatorio. Su padre, Charles Couperin, era organista de la iglesia de San Gervasio en París, y su tío, Louis Couperin, fue uno de los fundadores de la escuela francesa de clave. François recibió su formación musical de su padre y de su tío, sin pasar por una educación formal. Más tarde se perfeccionaría con Jacques Thomelin, organista de Saint-Jacques-la-Boucherie. A los 11 años, la muerte de su padre lo dejó al cuidado de la familia, pero el destino ya estaba marcado: en 1685, con solo 17 años, fue nombrado organista titular de San Gervasio, un cargo que había pertenecido a su padre y a su tío antes que a él. Allí permanecería durante tres décadas, tocando en una iglesia donde el culto era intenso y pomposo, llegando a oficiar cuatrocientos servicios al año. Pero Couperin no era solo un organista de parroquia. En 1689 se casó con Marie-Anne Ansault, y en 1693 accedió a uno de los puestos más codiciados de Francia: organista de la capilla real de Versalles, al servicio de Luis XIV. El Rey Sol, que apreciaba la música por encima de casi cualquier otra arte, lo nombró chevalier y le concedió una pensión. Couperin se convirtió así en uno de los músicos más importantes del reino. El arte de tocar el clave: la pedagogía como revolución Si hay un documento que resume la aportación de Couperin a la historia de la música, ese es L’Art de toucher le clavecin, publicado en 1716 (aunque algunas fuentes citan 1717). No era un simple manual de técnica. Era una declaración de principios estéticos. En sus páginas, Couperin explicaba la digitación, el tacto, la ornamentación y, sobre todo, la manera de hacer cantar al clave, un instrumento que, por su propia naturaleza percusiva, parecía incapaz de producir el efecto de una voz sostenida. “Para mí, François...


